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El segundo domingo de la pascua

(Blanco)

 

Tema del día: Hoy vemos el testimonio seguro de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Qué el Espíritu Santo fortalezca la fe en nuestros corazones al escuchar este testimonio para que tengamos la certeza de que nosotros también viviremos eternamente con él.

 

La Colecta: Concede, te suplicamos, todopoderoso Dios, que los que hemos celebrado la resurrección de nuestro Señor podamos con la ayuda de tu gracia producir los frutos de la misma en nuestra manera de vivir; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 

La Primera Lectura: Hechos 2:14a, 22-32 Lleno del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, San Pedro dio testimonio de la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

14Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo:

22Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; 23a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; 24al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. 25Porque David dice de él:

Veía al Señor siempre delante de mí;

Porque está a mi diestra, no seré conmovido.

26 Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua,

Y aun mi carne descansará en esperanza;

27 Porque no dejarás mi alma en el Hades,

Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.

28 Me hiciste conocer los caminos de la vida;

Me llenarás de gozo con tu presencia.

29Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. 30Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, 31viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. 32A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.

 

El Salmo del Día: Salmo 16

 

Mictam de David.

1 Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.

2 Oh alma mía, dijiste a Jehová:

Tú eres mi Señor;

No hay para mí bien fuera de ti.

3 Para los santos que están en la tierra,

Y para los íntegros, es toda mi complacencia.

4 Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentes a otro dios.

No ofreceré yo sus libaciones de sangre,

Ni en mis labios tomaré sus nombres.

5 Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa;

Tú sustentas mi suerte.

6 Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos,

Y es hermosa la heredad que me ha tocado.

7 Bendeciré a Jehová que me aconseja;

Aun en las noches me enseña mi conciencia.

8 A Jehová he puesto siempre delante de mí;

Porque está a mi diestra, no seré conmovido.

9 Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma;

Mi carne también reposará confiadamente;

10 Porque no dejarás mi alma en el Seol,

Ni permitirás que tu santo vea corrupción.

11 Me mostrarás la senda de la vida;

En tu presencia hay plenitud de gozo;

Delicias a tu diestra para siempre.

 

 

La Segunda Lectura: 1 Pedro 1:3-9 La resurrección de Cristo nos da la esperanza segura que aunque no lo podemos ver a él ahora, lo vamos a ver cuando recibamos nuestra herencia en el cielo. Esta seguridad nos ayuda a seguir en este mundo en medio de pruebas y dificultades.

 

3Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 5que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. 6En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, 7para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, 8a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; 9obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.

 

El Versículo: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Cristo habiendo resucitado de entre los muertos, no volverá a morir; ya la muerte no tiene dominio sobre él. Bienaventurados los que no vieron, y sin embargo creyeron. ¡Aleluya!

 

 

El Evangelio: Juan 20:19-31 En esta lectura, San Juan nos dice como Cristo apareció a los discípulos probando que había resucitado de entre los muertos. Pero uno de ellos, Tomás, el cual no estuvo presente, no iba a creerlo hasta que viera una "prueba" que Cristo había resucitado. En su misericordia, Cristo apareció a ellos otra vez y dio a Tomás las pruebas que había pedido. Sin embargo, ¡bienaventurados los que no ven, y todavía creen!

 

19Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. 20Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. 21Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos.

24Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.

26Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. 27Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! 29Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

30Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. 31Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

 

AMADOS DE DIOS, LA PASCUA HACE QUE VIVAMOS EN LA PAZ DE CRISTO

 

En cada oportunidad que tenemos en la pascua de meditar sobre esta porción del evangelio nos concentramos en Tomás y su actitud débil de no creen en la resurrección de Jesús, pero hoy vamos a concentrarnos en el amor de Jesús para con Él y como aplicó este mensaje de Paz a vosotros en Tomás, y así los apóstoles temerosos lo iban a entender al igual que nosotros hoy, en este segundo domingo de pascua también entenderemos que es la Paz que Jesús nos ha dado por su vida perfecta, sufrimiento, muerte y resurrección. Para poder entrar en este tema, podemos ver como dos apóstoles registraron el mismo mensaje que Jesús dijo ese domingo que apareció a Tomás y este mensaje es muy conveniente para nosotros, el apóstol Juan escribió: bienaventurados los que no vieron, y creyeron. Juan 20:29 y el apóstol Pedro escribió: a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; 1 Pedro 1:8. Estos dos pasajes están hablando claramente de nosotros, la iglesia de hoy y la iglesia de todos los tiempos porque todos los que hoy confesamos nuestra fe en Cristo Jesús no la confesamos por vista, sino por la obra del Espíritu Santo hecha a través del evangelio en nosotros.

 

Por esto creemos en las palabras que Jesús dijo el día de su resurrección cuando apareció a sus discípulos traspasando las paredes del lugar donde estaban escondidos por miedo: 22Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. 23A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos. El diablo convenció a la humanidad que solamente el papa, quien se autodenominó como el representante de Dios en la tierra y quien se adueñó de la Palabra afirmando que la iglesia fue fundada sobre Pedro y ahora el papa tiene el control de todo en este mundo y solo él y la iglesia de Roma pueden perdonar pecados o excomulgar a las personas impenitentes, por esto en los tiempos de la reforma y antes de la misma muchos fueron condenados por el papa en la hoguera y excomulgados por leer la biblia y por no seguir las tradiciones de la iglesia de Roma y, hoy todos los que creemos en la justificación por la fe somos llamados anatemas por no creer en las palabras del papa y no pertenecer a la iglesia de Roma. Pero el diablo sigue trabajando hoy en día en la iglesia de Dios, porque quiere ganar almas para el infierno y que más formula que la impenitencia, el maligno endurece el corazón de aquel que es creyente para que no se arrepienta de su pecado y así sea condenado en el infierno eterno. Pero este no es solo el problema, también lo somos nosotros que no aplicamos estas palabras porque no queremos meternos en problemas con los hermanos en la fe, no nos interesa que pasa en la vida del hermano y si nos damos cuenta que está pecando volteamos nuestro rostro y nos hacemos que no sabemos nada, pero la misma Biblia nos dice: Si alguno pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo que vio, o supo, y no lo denunciare, él llevará su pecado Levítico 5:1, cuando no mostramos el pecado al hermano que es impenitente o que no ha confesado su pecado somos culpables de su pecado y culpables de nos amar a Dios y al hermano, pero también esto muestra que hemos pecado contra el tercer mandamiento porque no confiamos en lo que dice la Palabra de Dios y por esto merecemos la muerte eterna.

 

Este era el problema que tenía Tomás, su pecado en contra del tercer mandamiento, él escuchó de Jesús y también de los profetas del Antiguo Testamento que Jesús, el Cristo resucitaría al tercer día, pero cuando escuchó de sus hermanos que Jesús se les había aparecido, su respuesta fue: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. El problema de Tomás no era con los apóstoles, era con el cumplimiento de la Palabra de Dios, este apóstol aún no había entendido cual fue la obra de su Señor y de manera obstinada no creyó en la Palabra de Dios, al igual que nosotros que nos volvemos obstinados y no hacemos lo que la Escritura nos manda cuando sabemos que un hermano esta en peligro de muerte eterna por su impenitencia. Esta situación en manos del papa, excomulga a Tomás, pero gracias a Dios el perdón no depende de un hombre o una iglesia visible, el perdón viene de Jesús quien por amor a Tomás apareció el siguiente domingo y con amor no solamente le dijo Paz a Vosotros, sino que lo llamó al arrepentimiento y le dijo: 27Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. No seas incrédulo, mostró su pecado y le restituyó al llamarlo creyente y por esto Tomás mostró su fruto de arrepentimiento al contestar: ¡Señor mío y Dios mío! Pero en las manos y el costado de Jesús vemos la evidencia del precio que pagó por nosotros al ir a la cruz, al caer en manos de los incrédulos que le llevaron a la muerte, pero hoy por el poder del evangelio confesamos que en este versículo 27 encontramos nuestro perdón por haber pecado en contra del primer y tercer mandamiento, este versículo nos presenta la obra de Jesús hecha perfectamente por nosotros al usar el ministerio de las llaves y al vencer a la muerte, al pecado y al Diablo y, hoy escuchamos las palabras del evangelio que nos dice: 3Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, 4para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 1 Pedro 1:3-4. Esta pascua estamos celebrando que por la obra de Jesús vamos al cielo y tenemos esta herencia que nadie nos va a quitar porque el Espíritu Santo cuida de nuestra fe usando los medios de gracia como el evangelio y la santa cena.

 

Pero esta gran herencia no es solo para nosotros, San Juan en este pasaje nos dice que confiemos en lo que dice la Escritura porque 31éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. Y estas que tienen poder de darnos la fe en Cristo, también por la obra del Espíritu Santo en nosotros vamos a usar el oficio de las llaves, no solamente con los hermanos en la fe, sino cuando estamos evangelizando, este ministerio de las llaves es el poder que Dios dio a la iglesia, a cada creyente de desatar que es perdonar los pecados; atar es no perdonar los pecados. Jesús otra vez estaba hablando a todos los discípulos, incluso usted y todos los creyentes. Dios ha confiado sus llaves a los cristianos, individual y colectivamente.

 

¿Cómo puede perdonar los pecados? Sólo existe una manera. Le dice al pecador penitente: “Por causa de la muerte de Jesús, tus pecados te son perdonados.” El evangelio es la llave que desata el pecado, que abre el cielo. Para el pecador penitente, esto aplica el perdón que Jesús ganó en la cruz para todo el mundo. La fe se aferra a este perdón, confiando en que la palabra de Jesús es verdadera. Esta llave para desatar la usó el profeta Natán. David confesó su pecado de adulterio y asesinato: “Pequé contra Jehová”. Natán pudo decir al penitente David: “Jehová ha perdonado tu pecado” (2 Samuel 12:13). Juan lo resume para nosotros con estas palabras: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). La iglesia, que incluye a todos los creyentes, debe pronunciar estas palabras de perdón, usando la llave para desatar.

 

Este mismo evangelio, cuando nos negamos a compartirlo, resultará en que los pecados “serán retenidos” y el cielo se cerrará. Son impenitentes aquellos que niegan sus pecados, se complacen en ellos, no sienten remordimiento por lo que hacen, y quieren seguir en sus pecados. Juan escribe: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8). Mientras que alguien no sea movido al arrepentimiento, el evangelio del perdón debe ser retenido. Ésta es la llave para atar. La condenación plena de la ley permanece en esta persona por su impenitencia o incredulidad. “El que no crea será condenado” (Marcos 16:16).

 

Pero nosotros en este segundo domingo de Pascua damos gracias a Dios por abrirnos el cielo por la obra de Jesús y oremos para que sigamos confesando nuestro pecado cada día de nuestras vidas, oremos para que tengamos el carácter de tratar no solo con nuestro pecado, sino el de los demás porque mostramos esta Paz que Jesús ganó por nosotros y por todo el mundo y la manera de compartirla es usando el ministerio de las llaves para que todo aquel que crea en Jesús sea salvo. Amén

 

 

Los Himnos:

 

Algunos himnos sugeridos:

Cantad al Señor:

19-23 Los himnos para la Resurrección

98 ¡Muerte! ¿dónde está tu horror?

105 Acuérdate de Jesucristo

108 Esta es la fiesta

 

Culto Cristiano:

38 Jesús divino

69-77 Los himnos para la Pascua de Resurrección

78 De mil arpas y mil voces

82 A Cristo proclamad

335 ¡Cristo vive!

336 Del sepulcro tenebroso


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