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Meditación - 2023 agosto 20

(Lectura de la Biblia en tres años: 1 Crónicas 12:18–40, Juan 18:28–32)

CONFIEMOS EN SOLO CRISTO

No pongan su confianza en gente poderosa, en simples mortales, que no pueden salvar. Exhalan el espíritu y vuelven al polvo, y ese mismo día se desbaratan sus planes.

Salmos 146:3,4

«Nada es seguro, en esta vida, excepto la muerte» afirma un antiguo refrán. ¿Será verdad?

Este refrán falla en dos aspectos: Primero, aunque la regla general es que los humanos mueran, según la Biblia hay dos que no murieron: Uno es el patriarca Enoc, quien nació antes del Diluvio, no murió pues Dios se lo llevó. El otro es el profeta Elías a quien el Señor se lo llevó vivo en un carro de fuego. El apóstol Pablo dijo «Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: No todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, […] los muertos resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados.» (1 Corintios 15:51,52 cf. Hebreos 11:5; 2 Reyes 2:11). Segundo, sí hay algo que es absolutamente seguro: «La Roca de la Eternidad» ¿Cómo así? La Roca Eterna es lo único seguro. Esta Roca es Cristo. Él es inmutable e invencible: «Como está escrito: “Miren que pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca que hace caer; pero el que confíe en él no será defraudado.» (Romanos 9:33). Fuera de Cristo todo es frustración. Solo Él es el único que nos salva de la condenación eterna: «De hecho, en ningún otro hay salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos.» (Hechos 4:12). Por esto la meditación de hoy exhorta a no confiar en los frágiles seres humanos. Si confiamos en cualquier otra cosa que no sea El Señor estaremos en gran peligro. Aquello en que confiemos será nuestra roca y lo más seguro es que quedaremos defraudados. «Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca» (Deuteronomio 32:31) Confiamos en la Roca Eterna cuando su Palabra es nuestra guía, la creemos y aplicamos independientemente de si la tradición, la comunidad, la razón o la experiencia digan lo contrario. Pero ninguno de nosotros ha confiado perfectamente en Dios y su Palabra tal como El Señor lo demanda. Por eso merecemos la ira eterna de Dios. Puesto que Jesucristo sí confió perfectamente en la Palabra y en Dios, el Padre, y pagó con su sangre el castigo que merecemos, en gratitud vamos a querer temer, amar y confiar en Dios sobre todas las cosas y en los méritos de sólo Cristo para nuestra salvación.

Oración:

Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas. Digno eres, Señor Cordero de Dios, porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, y junto con ellos me compraste a mí. Gracias porque, aunque merezco el infierno, me regalas el cielo. Amén.

 

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