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Meditación - 2020 enero 31

Meditación - 2020 enero 31

(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 8:1–29; Lucas 7:1–10)

LA FE DEL CENTURIÓN

Cuando llegaron ante Jesús, le rogaron con insistencia:
—Este hombre merece que le concedas lo que te pide: aprecia tanto a nuestra nación, que nos ha construido una sinagoga.

—Lucas 7:4–5

En la actualidad la palabra fe es usada con significados muy diferentes a los que da la palabra de Dios. Por ejemplo, un telepredicador dijo: «Dime cuál es el tamaño de tu meta y yo te diré cuál es el tamaño de tu fe. Si este año quieres crecer tu fortuna en un millón de dólares, tu fe no es tan grande como la de aquél que quiere diez millones de dólares.» Según este, y otros predicadores, la expectativa más ambiciosa es muestra de gran fe. El pasaje bíblico que hoy meditamos nos revela algo muy diferente

Lucas no pone el enfoque en el milagro sino en la reacción del Señor: Jesús quedó tan maravillado por la fe de este centurión romano, un gentil, que dijo: «Les digo que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande.» (Lc. 7:9). ¿Por qué Cristo dice que esta es la fe más grande que ha visto?

El centurión había escuchado de Jesús. Puesto que su siervo estaba enfermo, les pidió a unos líderes judíos, amigos suyos que hablen por él a Jesús. Es evidente que él sabía que era un pecador que merece toda la ira divina pues confiesa que merece la visita de Cristo, no se sentía digno. Su confesión de fe en la palabra, deja claro que confía que Dios es todopoderoso y que basta su palabra para que algo suceda. En aquél tiempo las sinagogas eran construidas con el específico propósito de usarlas para la lectura pública de todo el Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia. Puesto que hizo construir una sinagoga es claro que conocía que Dios es misericordioso (Números 23:19; Éxodo 34:6). Una fe grande es aquella que se basa solamente en lo que Dios ha revelado en la Biblia; y confía solo en él para la bendición y la salvación; de ninguna manera pone la confianza en la dignidad o el mérito propio. (Jeremías 17:5–9)

Oración:
Señor, te doy gracias porque por los méritos de tu Hijo, mi sustituto, puedo confiar y declarar que soy salvo. Confieso que: Por mi razón y por mis propias fuerzas no soy capaz de creer en Jesucristo, mi señor, ni llegar a él. Sino que es el Espíritu santo quien me ha llamado al evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y mantenido en la fe verdadera, al igual que llama, reúne, ilumina, santifica a toda la cristiandad sobre la tierra y la conserva en la unidad de la verdadera fe en Jesucristo. Él es quien, en esta cristiandad, me perdona a diario y plenamente todos mis pecados así como los de todos los creyentes. Es él quien, en el último día, me resucitará, a mí y a todos los muertos, y me dará la vida eterna, así como a todos los creyentes en Cristo. No hay duda de que esto es cierto. Amén.

 

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