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Meditación - 2020 agosto 11

Meditación - 2020 agosto 11

(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Reyes 23:21–35, Juan 13:6–11)

CANTO NOCTURNO

Ésta es la oración al Dios de mi vida: que de día el Señor mande su amor, y de noche su canto me acompañe.

—Salmo 42:8

En el barrio en el que pasé gran parte de mi niñez y juventud vivía una pareja de ancianos de edad muy avanzada. Todas las tardes se sentaban a la entrada de su casa para tomar el sol como si fueran una pareja de novios. Cuando ya habían llegado a ser parte del paisaje típico de la zona, de pronto, la ancianita murió. Menos de quince días después le siguió su esposo. Realmente no podían vivir el uno sin el otro. ¿Existe alguien o algo o en su vida sin lo cual no podría vivir?

No podemos vivir sin aire o sin agua. Sin embargo, hay otras cosas que no son tan indispensables pero que si faltan, la vida carece de sentido. Los salmos 42 y 43, que fueron escritos por los hijos de Coré, juntos forman un solo poema didáctico (hebreo: masquíl) que trata de una de las necesidades indispensables del ser humano por la eternidad: En el texto de la meditación de hoy el salmista afirma que su continua súplica es: «que de día el Señor mande su amor, y de noche su canto me acompañe» ¿Por qué?

El salmista resalta cuál es la necesidad diaria e inmediata del corazón humano: «el amor de Dios». Este amor no es otro que «Jesucristo crucificado» para el perdón y rescate de los seres humanos salvándolos de la condenación eterna. El amor de Dios nos viene en su palabra de evangelio, como está escrito: «Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero.» La respuesta del corazón creyente al amor de Dios es un amor agradecido que quiere alabarlo con cantos de gratitud. Cristo nos rescató de la condenación eterna: 1) con los méritos de su obediencia perfecta a la ley moral y 2) con su muerte en la cruz pagando nuestro pecado. Por amor, Él fue nuestro sustituto. En gratitud vamos a querer proclamar su gran amor por la mañana, y su fidelidad por la noche (Salmo 92:2)

Oracion:

Señor confieso que por mis propios méritos y buenas obras no puedo ser declarado justo, sino que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la virgen María, es mi Señor y me ha redimido a mí, criatura perdida y condenada, me ha rescatado y librado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo, no con oro ni con plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte. Y todo esto lo hizo para que yo sea suyo y viva bajo él en su reino y le sirva en justicia, inocencia y bienaventuranza eternas, así como él, resucitado de entre los muertos, vive y reina eternamente. Solo Cristo es mi justicia. Esto es ciertamente la verdad. Gracias te doy por ello. Amén.

 

Lea el Capítulo Completo Aquí


Meditaciones son presentadas por Producciones Multilingües-WELS y www.academiacristo.com. Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional. Todas las citas bíblicas, a menos que se indique lo contrario, están tomadas de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, NVI®. Copyright © 1986, 1999, 2015 por Biblica, Inc.™ Todos los derechos reservados en todo el mundo.

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