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El último domingo de epifanía

(La transfiguración de nuestro Señor)

(Blanco)

 

Tema del día: Jesucristo, quien se humilló a sí mismo al venir a este mundo, en su transfiguración nos permite ver la gloria del único Hijo de Dios y oír el testimonio de su Padre.

 

La Colecta: Oh Dios, que en la gloriosa transfiguración de tu unigénito Hijo has confirmado los misterios de la fe por el testimonio de los santos profetas y apóstoles, y que en la voz que vino desde la nube resplandeciente manifestaste de antemano nuestra adopción como hijos tuyos: Dígnate misericordiosamente hacernos coherederos con el Rey de gloria y partícipes de su gozo; por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, siempre un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 

La Primera Lectura: Éxodo 34:29-35 La gloria de nuestro Dios es resplandeciente. Después de salir de la presencia de Dios, la cara de Moisés brilló de tal modo que los demás tenían miedo de acercarse a él.

 

29Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, al descender del monte, no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. 30Y Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés, y he aquí la piel de su rostro era resplandeciente; y tuvieron miedo de acercarse a él. 31Entonces Moisés los llamó; y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló. 32Después se acercaron todos los hijos de Israel, a los cuales mandó todo lo que Jehová le había dicho en el monte Sinaí. 33Y cuando acabó Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro. 34Cuando venía Moisés delante de Jehová para hablar con él, se quitaba el velo hasta que salía; y saliendo, decía a los hijos de Israel lo que le era mandado. 35Y al mirar los hijos de Israel el rostro de Moisés, veían que la piel de su rostro era resplandeciente; y volvía Moisés a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba a hablar con Dios.

 

El Salmo del Día: Salmo 148

 

Aleluya.

1 Alabad a Jehová desde los cielos;

Alabadle en las alturas.

2 Alabadle, vosotros todos sus ángeles;

Alabadle, vosotros todos sus ejércitos.

3 Alabadle, sol y luna;

Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas.

4 Alabadle, cielos de los cielos,

Y las aguas que están sobre los cielos.

5 Alaben el nombre de Jehová;

Porque él mandó, y fueron creados.

6 Los hizo ser eternamente y para siempre;

Les puso ley que no será quebrantada.

7 Alabad a Jehová desde la tierra,

Los monstruos marinos y todos los abismos;

8 El fuego y el granizo, la nieve y el vapor,

El viento de tempestad que ejecuta su palabra;

9 Los montes y todos los collados,

El árbol de fruto y todos los cedros;

10 La bestia y todo animal,

Reptiles y volátiles;

11 Los reyes de la tierra y todos los pueblos,

Los príncipes y todos los jueces de la tierra;

12 Los jóvenes y también las doncellas,

Los ancianos y los niños.

13 Alaben el nombre de Jehová,

Porque sólo su nombre es enaltecido.

Su gloria es sobre tierra y cielos.

14 El ha exaltado el poderío de su pueblo;

Alábenle todos sus santos, los hijos de Israel,

El pueblo a él cercano.

Aleluya.

 

 

La Segunda Lectura: 2 Corintios 4:3-6 La gloria de Dios todavía resplandece hoy en día por medio de la predicación de su Palabra. Lamentablemente, muchos rechazan su mensaje de amor prefiriendo quedarse ciegos espiritualmente.

 

3Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; 4en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. 5Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. 6Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.

 

El Versículo: ¡Aleluya! ¡Aleluya! Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derrama en tus labios. ¡Aleluya!

 

El Evangelio: Lucas 9:28-36 La historia de la transfiguración. Cristo está en los últimos días de su vida aquí en este mundo, pero antes de ir a Jerusalén para sufrir una muerte terrible, se revela a sus discípulos en toda su gloria y recibe la aprobación de su Padre celestial.

 

ESCUCHEMOS LA GLORIA DE DIOS EN SU PALABRA

 

¿A quién le gusta ser interrumpido? Que molestia, ¿no? ¿Porque interrumpimos a otros? Porque no queremos escuchar más de lo que nos está diciendo, por falta de paciencia, o lo que tenemos que decir es más importante. O el otro no sabe que está diciendo, y nosotros siempre sabemos que decir. En conversaciones hay tiempo para hablar y tiempo para escuchar. En nuestra relación con Dios es así también. Esto aprendemos de Jesús en sus interacciones con los discípulos. Quiero recordarles de una conversación que tuvo Jesús con ellos:

¿Quién dice la gente que soy yo?” “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado.” “¿Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.” Vino su momento de hablar, ¿cierto? Y dio una buena respuesta. Mateo nos dice que a Jesús le gustó tanto esta respuesta que respondió “sobre esta roca construiré mi iglesia.” Sobre la confesión de Pedro, de que Jesús es el Cristo. Esta roca es el fundamento de la iglesia. También Jesús le dijo que era bendecido porque esto no fue revelado por carne ni sangre sino por su Padre que está en el cielo. Entonces Pedro estaba escuchando, ¿cierto? Estaba entendiendo muchas cosas, ya sabía que Jesús era el Mesías prometido y tuvo fe en él. Pero Jesús siguió hablando de su sufrimiento, que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los maestros de la ley, que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara.” Pero eso no quiso escuchar Pedro, “¡De ninguna manera, Señor! ¡Eso nunca pasará jamás!” “¡Aléjate de mí, Satanás!” dijo Jesús. Pedro sabía que Jesús era el Mesías, pero le faltó entender muchas cosas. Y en este momento no escuchaba.

 

Mas o menos una semana después empieza nuestro texto de hoy. Jesús los lleva al mismo Pedro y a los hermanos Juan y Jacobo a una montaña, y vamos con ellos. Allí vamos a tener un encuentro con la gloria de Jesús. Vamos a ver su gloria en su rostro brillante, en su sufrimiento, y en escucharlo: 28Unos ocho días después de decir esto, Jesús, acompañado de Pedro, Juan y Jacobo, subió a una montaña a orar. 29Mientras oraba, su rostro se transformó, y su ropa se tornó blanca y radiante. 30Y aparecieron dos personajes —Moisés y Elías— que conversaban con Jesús. 31Tenían un aspecto glorioso, y hablaban de la partida[b] de Jesús, que él estaba por llevar a cabo en Jerusalén. 32 Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero, cuando se despabilaron, vieron su gloria y a los dos personajes que estaban con él. 33Mientras estos se apartaban de Jesús, Pedro, sin saber lo que estaba diciendo, propuso:

Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Podemos levantar tres albergues: uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías.

34Estaba hablando todavía cuando apareció una nube que los envolvió, de modo que se asustaron. 35Entonces salió de la nube una voz que dijo: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo». 36Después de oírse la voz, Jesús quedó solo. Los discípulos guardaron esto en secreto, y por algún tiempo a nadie contaron nada de lo que habían visto. Lucas 9:28-36

 

Fue un día o tal vez una noche como cualquiera, fueron con Jesús a una montaña para orar. Normal. Probablemente oraron mucho tiempo. Los evangelistas nos cuentan varias veces que Jesús oró toda la noche, entonces puede ser que ya estaba tarde, el texto nos comenta que los discípulos tenían sueño. ¡Y sin aviso como un relámpago la cara de Jesús brillo toda, blanca y radiante! Es difícil imaginar cómo fue porque nosotros nunca hemos visto la gloria de Dios así. Los discípulos tampoco y esta visión les quitó completamente el sueño. Esta visión también quitó dudas de que Jesús era Dios. En la montaña Jesús afirmó a los discípulos en su fe, y a nosotros también. Es Dios verdadero, el Hijo de Dios como iban a escuchar en unos momentos, de la voz del Padre.

 

Cuando habían despertado y sus ojos habían ajustado a la luz vieron a dos hombres más allí conversando con Jesús, Moisés y Elías, también resplandeciendo en gloria. Todas las historias que habían escuchado desde niños de lo que Dios hizo por medio de estos dos hombres venían a su mente. Como Dios mostró su gloria en grandes actos con Moisés- cuando salvó a su pueblo de esclavitud de Egipto, y con Elías- con todos los milagros que lo empoderó para hacer. Este mismo Dios estaba con ellos, confirmando su fe en él. Les confirmó también en la esperanza de la vida eterna, que los que confían en Dios van a estar con él, con Elías y con Moisés en la gloria. ¡Y que glorioso será! Y que glorioso sería en ese momento, allí en la montaña con Jesús.

 

Pero si prestamos atención y no nos distraemos por la luz, podemos escuchar la conversación que Jesús conversaba con los profetas, y esa conversación nos enseña algo acerca de la gloria de Jesús. ¿De que hablaban? “de la partida de Jesús, que él estaba por llevar a cabo en Jerusalén.” Allí estaban todo brillantes, pero hablando del sufrimiento de Cristo, de lo que iba a hacer al bajar de la montaña. Y nosotros vamos a enfocarnos mucho en estos sufrimientos de Jesús en las semanas que vienen, ya que está empezando la temporada de la cuaresma. Somos tentados a pensar en la cuaresma como una temporada triste, pero en verdad es una temporada gloriosa porque Jesús muestra su gloria en el sufrimiento. Todo lo que padeció de los jefes de los sacerdotes, los escribas y maestros de la ley, hizo por nosotros, para cumplir las promesas y profecías de Dios, y salvarnos de nuestros pecados. Para llevarnos a gloria, porque primero viene el sufrimiento, después la gloria.

 

¿Estaba escuchando Pedro? No, y aunque no sabía que decía, abrió su boca a decir, “Porque no construimos tres enramadas para ti, Moisés y Elías. Porque no nos acomodemos aquí en la gloria.” Y vino una interrupción que Pedro no pudo ignorar. No pudo pretender saber mejor, o alzar su voz para poder seguir hablando. Quedó callado en frente de una interrupción divina. Cuando Pedro quiso quedarse en la gloria de la montaña Dios le dijo como realmente hallar la gloria, escuchen las palabras de Dios nuevamente: 34Estaba hablando todavía cuando apareció una nube que los envolvió, de modo que se asustaron. 35Entonces salió de la nube una voz que dijo: «Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo» ¿Qué pasaría si hubieran escuchado la sugerencia de Pedro? Se quedarían Jesús, Elías y Moisés allí en la montaña. No bajarían. Jesús no sufriría nada. ¡El resto de su vida sería mucho más fácil para él! Y para los discípulos también. Quedarían allí aprendiendo de Jesús y de sus profetas, pero honestamente no habría nada de gloria. Por eso damos gracias por esa interrupción de Dios, el reenfoque en lo importante, en Cristo, el Hijo de Dios, su elegido, y su misión. Cuando la voz de Dios viene del cielo para hablar hacemos bien en prestar atención, porque lo que fue importante decir a Pedro en ese momento también tiene importancia para nosotros. Con su palabra Dios viene a nosotros a interrumpir en nuestras vidas, porque somos como Pedro también. Creemos en el Dios del Antiguo Testamento y todo lo que hizo con su pueblo de Israel. Nos encanta ver su gloria en la Biblia y en nuestras vidas. Pero se nos olvida que la gloria de Dios se encuentra en su sufrimiento, primeramente, el de Jesús, lo que sufrió como nuestro sustituto. Segundo en el sufrimiento que nosotros enfrentamos. Jesús dice que los que quieren seguirle tomen sus cruces. Van a enfrentar dificultades. Pablo nos enseña que en nuestras debilidades el poder de Dios se muestra más claramente. Pero nosotros tendemos a buscar solo victoria, sin sufrimiento. Cuando hacemos esto menospreciamos palabra de Dios y menospreciamos la obra de Cristo. Y como Pedro muchas veces no nos damos cuenta de lo que perdemos. En buscar solo gloria en nosotros, perdemos la gloria que es infinitamente más brillante, la gloria de Cristo, el elegido. ¡Entonces, como el Padre nos exhorta, escuchamos al Hijo! Porque la gloria no está en el hablar, sino en el escuchar. ¿Y a quien escuchamos? A solo el Hijo. Cuando se fue la nube, también desaparecieron Elías y Moisés. Ellos ya habían cumplido su misión. Dios tuvo un gran propósito para ellos, para señalar al Hijo. Para mostrarnos a quien escuchar, solo Jesús, nuestro Dios y Salvador.

Y con los discípulos vino más tarde la oportunidad para hablar. Cuando Jesús había cumplido todo lo que dijo que tuvo que padecer, y cuando había muerto, resucitó de entre los muertos y apareció a los discípulos para que ellos y nosotros sepamos, que la muerte y el pecado ya han sido vencidos. Jesús es victorioso. Vive y está al lado de Elías y Moisés preparándonos un lugar. Mientras tanto Jesús sigue hablándonos por medio de su palabra. Que sigamos escuchando esta palabra, porque nos habla de él y de su gloria que se encuentra en su sufrimiento. Y cuando hayamos escuchado este mensaje, ya viene el momento de hablar. Hablamos de esta gloria de Jesús, no importa quién nos interrumpa. Amen.

 

 

Algunos himnos sugeridos:

Cantad al Señor:

29 Fruto del amor divino

32 Oh Verbo, humanado

63 A Dios demos gloria

64 A Dios, eterno y santo

70 Canten con alegría

72 Gloria al nombre de Cristo

75 Jubilosos, te adoramos

78 Señor, mi Dios

79 Te exaltaré, mi Dios, mi rey

 

Culto Cristiano:

37 Es bueno estar aquí

38 Jesús divino

78 De mil arpas y mil voces

79 Loores dad a Cristo el rey

80 Ved al Cristo, rey de gloria

82 A Cristo proclamad

86 Venid nuestras voces

257 Mirad y ved

294 Señor Jesús, eterno rey

404 Hosanna al Hijo de David

405 Jesús es mi rey soberano


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