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Meditación - 2023 junio 26

(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Reyes 3, Juan 8:31–38)

TODO ES VANIDAD

«Vanidad de vanidades —dijo el Predicador—; vanidad de vanidades, todo es vanidad». […] aborrecí todo el trabajo que había hecho debajo del sol, y que habré de dejar a otro que vendrá después de mí. Y ¿quién sabe si será sabio o necio el que se adueñe de todo el trabajo en que me afané y en el que ocupé mi sabiduría debajo del sol? Esto también es vanidad.

Eclesiastés 1:1; 2:18,19 RV95

¿Qué es la vanidad? Es lo insustancial y transitorio (Salmo 144:4, 8,11). Salomón al final de sus días, después de haber dedicado su vida a producir riquezas, a alcanzar mucho conocimiento y también, de haberse apartado de la fe experimentó la desazón que se siente cuando todo lo uno consideraba de gran valor resulta ser una vana ilusión ¿Por qué llegó a esa conclusión?

Salomón se empeñó en alcanzar grandes logros y fama, quería que su nación dejara una profunda y gloriosa huella en la historia. Hizo todo cuanto pudo para alcanzar su ideal. Al llegar a su vejez se dio cuenta que todo su esfuerzo y los logros alcanzados desaparecerían pronto si no había alguien capaz de darle continuidad. Las palabras de Salomón nos recuerdan las palabras del Señor al rico insensato de la parábola quien había acumulado muchos bienes para sí mismo: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma, y lo que has guardado, ¿de quién será?» (Lucas 12:20).

Al final del libro Salomón revela que todo es vano si Dios no es la prioridad. Solo Dios da verdadero sentido a la existencia humana. El Señor nos ha creado para que vivamos en comunión con él. La única vida realmente satisfactoria es la vida en gracia. Al respecto Martín Lutero comentó: «En resumen, los piadosos verdaderamente poseen el mundo entero, pues lo disfrutan con felicidad y tranquilidad. Pero los impíos no lo poseen aun cuando lo tienen. Esta es la vanidad que posee el impío» (Luther’s works, 15:48).

La vanidad es propia del pecador impenitente, el inconverso y todo aquél que ha apartado su mirada del Señor (Efesios 4:17-25 cf. Tito 1:10; Hechos 14:15). A causa de nuestra vanidad nos sentimos y actuamos como dioses (ídolos) pecando contra el primer mandamiento. Así somos merecedores de toda la ira de Dios (Romanos 1:21). Jesucristo no anduvo en vanidad. Cumplió el propósito para el que vino, y lo hizo en lugar nuestro. Con su sacrificio pagó nuestra culpa y por sus méritos hemos sido perdonados y declarados justos. En gratitud vamos a querer vivir consagrados al servicio del Señor (Juan 15:16; Efesios 2:8-10)

Oración:

Concédeme, Señor, el querer mantener mi mirada en ti y en tu obra redentora, de manera que en mí haya tal gratitud que me mueva a compartir el evangelio a los demás. Amén.

 

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